Hace pocos días, a raíz de la "adivinanza" que formulé sobre el nombre (o apodo) de Schlomka, Hugo Schilman señaló correctamente los datos del dueño del sobrenombre: Schlomka era el "hojalatero" del pueblo.
Como bien lo decía Hugo, Schlomka se ocupaba de reparar los "shisalaj" (recipientes, en idish) y hacer las latitas para hornear el "kamish" (forma abreviada de mencionar el kamish broit, una masita propia de la cocina judía). Según mis datos, el apellido de Schlomka era Lasovsky y supongo que se llamaba Salomón, ya que su sobrenombre no es más que una cariñosa deformación de ese nombre en idish.
Recuerdo claramente la ubicación de su negocio: al lado precisamente de la tienda que tenía un cartel que decía Casa Schilman, casi enfrente de la casa del Dr. Arcavi. Yo cruzaba todos los días por allí para ir y volver a la escuela Iahadut y, recuerdo como si fuera ayer, la cantidad de baldes y trastos metálicos colocados sobre la vereda, en el frente de su casa. Schlomka tenía la virtud de ser un gran trabajador: no le decía que no a ningún laburo. Era, por otra parte, un tipo muy particular que solía destacarse por ciertas "travesuras".
Ubiquémonos a la hora de la siesta: en los bares de Moisés Ville se reunían los concurrentes habituales para tomar alguna ginebra (o algún café, ¿por qué no?...) mientras conversaban sobre temas filosóficos o mundanos (en especial, los chismes del pueblo) o para jugar a los naipes o al dominó.
En el Schneider todos trataban de pasar un rato agradable. Los que jugaban estaban súper concentrados en su propio juego, en las señas del compañero o en la ficha del contrario. De repente un ruido infernal, provocado por una bandeja estrellada contra el piso. El susto generalizado hacía que todos saltaran de sus asientos y miraran hacia el lugar del escándalo: allí estaba Schlomka con una sonrisa picarona en sus labios. Había tomado la bandeja y la había dejado caer para "estudiar" la reacción de los demás. ¿Qué todos lo querían linchar?... Por supuesto, pero él no se amilanaba y podía repetir la travesura en otra ocasión.
En su trabajo era un hombre muy celoso de su profesionalismo, como consecuencia de lo cual sucedió esta historia que en alguna ocasión mi padre me relató y que quedó registrada como una especie de castigo divino para sus picardías.
Un buen día, un vecino del pueblo tuvo un problema: el tanque de nafta de su vehículo (automóvil, camioneta o camión, lo mismo da) se perforó y comenzó a perder combustible. Viendo el peligro que significaba esa situación, necesitado del vehículo y no teniendo cómo reemplazar el tanque, se lo llevó a Schlomka para pedirle que lo reparara. Se lo dejó con una recomendación: "soldalo. pero antes ponele agua". Schlomka lo miró medio raro: lo único que faltaba; ¿quién era ese tipo para venir a darle consejos a él, nada menos que el especialista en soldaduras del pueblo?
Cuando el cliente se fue, tomó el tanque y empezó a trabajar, por supuesto sin ponerle agua. Al aplicar el soldador, luego de unos minutos, la chapa se calentó y, como era de prever, los sedimentos del combustible formaron una nube de gas, prácticamente transparente pero muy volátil y muy explosiva. Eso hasta el momento en que una pequeña chispa hizo contacto con la mezcla gaseosa, tras lo cual ocurrió lo temido: la chispa provocó una estruendosa explosión y el tanque, hasta ese momento mansamente en las manos de Schlomka, salió volando hasta el medio de la calle, dejando al hojalatero con alguna quemadura y con un julepe bárbaro.
No tardó el pueblo en conocer el episodio, que fue jocosamente comentado y que mucha gente consideró fruto de una mano invisible, encargada de vengar a todos aquellos a quienes el hojalatero había asustado tantas veces con las bandejas del bar.
¡Travesuras de nuestro pueblo!... ¿no? Hasta una próxima.