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Gansos borrachos

Mario Garber


 

Esta historia se la escuché contar a mi padre en numerosas ocasiones. Posiblemente fue conocida por primera vez en los corrillos del pueblo, en esos encuentros de las siestas de café, en los que, además de jugar truco o dominó, se contaban los relatos más jugosos, las narraciones más inverosímiles sobre la vida y los milagros de los vecinos del pueblo. Así tal vez circuló y se multiplicó, y también es posible que algunas personas aún hoy la conozcan. Pero creo que vale la pena que quede guardada en los anales de las crónicas anecdotarias moisevillenses.

Como lo dije, ocurrió hace muchos años... (¿en la década del treinta, quizás?) para Pesaj, la misma época que, casualmente, ahora estamos transcurriendo. Primero, algunos antecedentes: casi todos sabemos que, al término del verano y como parte de un rito que se repetía año tras año (rito ahora lamentablemente casi abandonado) la gente compraba una buena partida de uvas para elaborar, en una operación que prácticamente tenía pocos secretos, el tan necesario como placentero vino de Pesaj: en una damajuana se colocaban las uvas con una apropiada cantidad de azúcar y se esperaba que, simplemente, el tiempo se encargara de la parte más importante: la fermentación. Pasado un lapso prudencial, cuya medida jamás era posible determinar porque dependía en parte de la temperatura ambiente pero también de una cuota de cierto misterio profesional celosamente guardado por el ´bodeguero´, luego de varias y cuidadosas observaciones del proceso, antes de que el producto se agriara y se convitiera en vinagre, se colaba varias veces el contenido de la damajuana para eliminar los residuos, hollejos y semillas, y se guardaba el preciado líquido en los envases para ser saboreado en el momento oportuno. Pues bien: estos antecedentes, tal vez conocidos por la mayoría, son imprescindibles para permitir introducirnos en el relato propiamente dicho.

Ocurrió que una familia de colonos residentes en las cercanías de Moisés Ville (sobre cuyo apellido no tengo total precisión... ¡Dios me libre de involucrar en el caso a gente inocente!), se tomó el grato y obligatorio trabajo, tal como está relatado más arriba, de elaborar el vino de Pesaj.

Unos días antes del comienzo de las festividades, viendo el proceso concluido, la dueña de casa se dedicó a efectuar el correspondiente colado. Envasado el vino, se encaminó hacia los fondos con el colador en sus manos y arrojó los residuos. Sabido es que los colonos se dedicaban a múltiples menesteres campestres, y en sus patios retozaban todo tipo de animales de granja.

Fue entonces que el hollejo que había quedado en el piso fue detectado por una bandada de gansos, que siempre bien dispuestos a comer lo que encontraran a su paso, se arrojaron golosos a degustar tan sabroso manjar.

Pero, a los pocos minutos... ¿qué ocurrió? Algo muy sencillo: el alto contenido etílico del producto... simplemente los emborrachó, y uno a uno fueron cayendo al piso... completamente mamados.

Al rato, uno de los integrantes de la familia salió al patio, para descubrr, horrorizado, al montón de gansos en el suelo y sin señales de vida. ¡Oy vey! ¡Gran conmoción! ¿Qué había sucedido? La familia completa se concentró en el lugar y por más que se devanaron los sesos, no pudieron encontrar una explicación adecuada para tan pavoroso suceso.

Luego de un conciliábulo familiar para discutir qué harían con los pobres animales que, según todas las evidencias, habían fenecido, decidieron que, por supuesto, no podían ingerirlos: los gansos no sólo habìan muerto sin intervención del matarife sino como consecuencia de alguna enfermedad misteriosa, así que debían ser eliminados sin más discusión.

Sólo que, frente a esa alternativa, a uno de los miembros de la familia se le ocurrió una brillante idea: si tenían que desprenderse de los gansos sin comerlos, al menos podían aprovechar su plumaje.

El resto aprobó, así que sin más trámites... ¡los pelaron a todos! Hecho esto, alguien cargó a los gansos pelados en un carro, se dirigió hacia un sector alejado del campo en el que habìa una laguna y alli los arrojó.

Felizmente, por esas cosas del destino, o de la religión, vaya uno a saber, las aves deben ser desplumadas sin el uso de agua caliente. Así que tenemos a los gansos tirados en la laguna, sin plumas y completamente en curda.

Pasó la mañana. Cuando el sol ya calentaba el mediodía moisevillense, el calorcito y el correr de las horas despertaron a los gansos de su curda. Fue en horas de la tarde, a punto de concluir el día, cuando la familia campesina, asombrada y despavorida, vio a los gansos entrar al patio, caminando uno tras otro, ¡COMPLETAMENTE DESNUDITOS!.

Hasta una próxima.

 

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