Nadie puede dudar de la capacidad y entereza de nuestros padres, abuelos o bisabuelos, gente que llegó hace muchos años provenientes de diferentes lugares del mundo, o de nuestro propio país, muchos de los cuales se convirtieron en obligados agricultores, ganaderos, grandes o pequeños empresarios, comerciantes o simplemente empleados, adaptándose a un clima diferente, a costumbres sociales diferentes y a un idioma diferente.
Muchos de ellos no hablaban bien el castellano y otros tal vez ni siquiera lo escribían, pero no por eso eran personas analfabetas, porque todos hablaban, leían y escribían otros idiomas. Y a menudo, mas de uno. Mi abuela materna, Fanny Teitelbaum, no sabía leer el español, de modo que yo tenía que leerle las cartas que sus propios hijos le mandaban. Pero era una mujer culta e instruida porque leía perfectamente el idish y posiblemente también algún otro idioma europeo de su propio país de origen. Esa situación, seguramente, era compartida por muchas otras personas que, al igual que mi abuela, habían llegado de Europa y tuvieron que adaptarse a las costumbres de éste, su nuevo lugar de residencia. La historia que voy a contar me la fue relatada por mi amigo Carlos Neiman, pero su lectura debe tomar en cuenta los antecedentes señalados en los párrafos precedentes, porque refiere un hecho que, de primera intención, pudiera parecer obra de alguien ignorante. Sin embargo, ambos consideramos que su autor no lo era, de modo que este relato debe leerse con una gran comprensión. Debe entenderse contado a la luz de una mirada afectuosa y de ninguna manera burlona.
En Moisés Ville (como en cualquier otro pueblo) la correspondencia común era repartida por un cartero, generalmente en horas de la mañana. Pero en una recorrida diferente, independiente de la anterior y realizado en otro horario, generalmente por la tarde, un empleado destacado especialmente por el correo repartía las encomiendas, cuyos destinatarios debian firmar un libro de entregas. En ese libro debían registrarse el nombre del receptor del paquete, su domicilio y el horario de la entrega, por ejemplo: ´16 y 25´ o ´14 y 30´. Pues bien: en una ocasión, una encomienda fue entregada a las ´15 y 10´, pero grande fue la sorpresa del responsable del correo cuando vio, en el libro de entregas, que la hora indicada por el repartidor era ´14 y 70´. Mirándolo bien, el dato tenía algo de correcto, pero obviamente el registro era erróneo. Este hecho quedó para la historia del pueblo como un episodio especial, y fue comentado risueñamente en diferentes corrillos. Hoy, lo reitero, lo cuento con el máximo respeto que tengo por todos nuestros mayores.
Hasta una próxima.
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