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La nueva tierra
Ernesto...Desde Barcelona

 

Sus manos acariciaban el terrón de tierra blanca. La pasaba de una mano hacia la otra buscando nada. Solo lo hacía para matar el tiempo. A modo de descanso. Aun había miles de terrones que romper con su azada.

A cada paso, miraba hacia abajo. Hacia la tierra misma y ahí sí que buscaba el milagro. Sus dedos a veces escarvaban buscando una mísera raíz. Sabía que en algun momento esa semilla de trigo buscaría el sol. Lo sabía.

Pero Mayo era implacable. Ls lluvias se negaban. Sólo la amenaza de un cielo negro, que buscando mas cielo se aproximó aquel día. Pero aún estaban lejos las nubes bondadosa. ¡Las que engordaran las semillas, las que reventarán la tierra si la lluvia llega !

Un blanco pañueño Secó su perlada frente. Era el sudor, que el buen sol y el trabajo hacían nacer desde la sombra de aquel sombrero negro. Su espalda, apoyada en aquel árbol, le daban descanso. Llevaba muchas horas mirando los surcos.

Era el momento de sentarse un rato, perder la mirada, quién sabe donde. Tal vez, en otros horizones, en otros paisajes, detras del mar, ese mismo mar que un dia lo trajo.. !! Su pueblo era frio, con olor a arenques, a ajos y miserias, pero tenía el encanto de saberlo suyo. Era "su pueblo". Raro previlegio del que esta tan lejos. Buscaba y buscaba la vieja calle de adoquines frios, mojados por nieves de días anteriores. Y esa niña rubia, con cinta en sus rizos, saltando la cuerda, una canción en sus labios. Y esas mejillas del color de los manzanos, que tomaban más color a cada salto.

Y nuevamente el pañuelo secando sus sudores. Y otra vez la calle, con sonidos secos, de botas en redoble. Y ese sonido triste de llantos de madres. Y esa niña con ojos de espanto. Y el mismo escondite: ¡hermanos y padres! Su mirada, se quedo muy quieta, ni siquiera levantó su mano para espantar con tierra a su único enemigo: un audaz gorrión ladron de semillas.

No. Su pueblo esta lejos. Mejor no recordarlo, mejor no. ¡Al menos hoy! Al menos aquí el humo era signo de vida. No como alla, que cuando lo había era sinónimo de muerte. Aquí era diferente. Ese humo que se elevaba sigzagueante era fruto de una vieja salamandra, que con leños secos, daba armonía a ese pan recien horneado. Sólo endulzado con semillas de anís silvestre encontrado ahí nomás, a la vuelta de esas cuatro chapas que hacían de rancho.

María era su nombre, sólo Maria. Un pañuelo negro cubría su cabeza. Algunos rizos rebeldes que asomaban al descuido, denunciaban su rubios cabellos. Ojos azules. M mejillas rosadas y un largo vestido negro, solo recortado por un blanco delantal que a modo de cinto ajustaban su fina cintura. Su ir y venir. Siempre era acompañado por un constante murmullo musical que salía de sus labios. Era una vieja canción que imaginariamente la llevaba a sus juegos de infancia. Jamás la olvidó. Era su ayer. Su lejano pueblo, su única compañía y lo único hermoso para recordar que había traido. Lo demás quedó allá, detrás del ancho mar que un día la trajo con su amado Marcos.

Un lento sonidos de cascos rompieron el silencio en la triste siesta que cabeceaba Marcos. Su espalda era un apoyo para su largo cuerpo. Su sombrero negro hacía sombra en su rostro. Y el pañuelo envuelto sobre su mano aliviaban las grietas que la azada hacia.

El viejo paisano, de blanca barba disimuló un "buenas.. buenas" anunciando su presencia. Fue ahí que Marcos, con un salto de asombro y levantando el ala de su sombrero negro, diviso en lo alto al noble paisano. Estaba montado en un zaino viejo, con cola cargada de abrojos, la imagen de un hombre anciano, de rostro cruzado por mil cicatrices. Se notaba el tiempo, la edad o los años. Su mano aferrada a un viejo rebenque hacía de apoyo a su cuerpo apuntalado en años. Sus ojos hablaban, su mirada buena, era un gesto de amistad, universal para estos casos. Sus "buenas.. buenas" solo fue un saludo, pero tambien un aviso de ¡"aquí estoy, para ayudarlos"!

Se apeó, lentamente. Ahí recién se le notaron los años. Y a modo de saludo, se quitó el sombrero y dijo:

- ¡"Cantalicio Sosa.. pa' servirlo amigo"!

Marcos, no sabía el castellano, o "la castilla" como le dijeron en el barco. Sólo miraba sus ojos, ¡ahí esta la verdad!

Y como buen anfitrión, miró a los ojos de aquel viejo anciano, extendió su mano y en ese apretón, encontró a un amigo! Cantalicio, conocedor del paisaje, solo le bastó una mirada para saber su angustia, la falta de lluvia, su trigo dormido. Y como buen baqueaño, miró hacia el cielo y dijo en voz baja: - "la lluvia esta cerca"!

Y así, caminando llegaron al rancho. Un caballo a tiro. Dos amigos nuevos. Aroma a pan caliente. Un perfume a vida, una mirada sonriente les dio bienvenidas. Era María con manos enlazadas, escondidas en el blanco delantal. ¡Bajaba su cabeza a modo de saludo!

Cantalicio, se quitó el sombrero. Y otra vez su mano se extendió en aire. María miró a su esposo y con un leve parpadeo autorizó el saludo! Catalicio buscó en la cruz de su caballo, medio cordero que traía de regalo y lo ofreció en silencio, como buen criollo, sin esperar las gracias. Maria lo aceptó sonriendo a modo de pago y se fue hacia adentro, llevando el cordero!

Marcos invitó con gesto a su nuevo amigo, que tomara asiento en un tronco cortado a modo de mesa. Daría su vida por decirle gracias. Pero aún "la castilla" estaba muy lejos. Primero fue llegar, cortar las malezas, preparar el campo, arar la tierra, tirar las semillas, espantar langostas. ¡Y pedir que llueva!

María se quedó en silencio, con sus manos inquietas. Buscó en ese viejo baúl. Abrazó lo único que trajeron de la vieja Europa, pequeñas cosas, fotos de familia. Y en un rincón, un pañuelo bordado envolvía una vieja armónica. Estaba ahí escondida, esperando que un día, cuando los bombas callen, ella volvería a emitir sonidos. Sabía que Marcos soplaría fuerte, que habría una gran fiesta, que los hombres buenos abrazarían a las mujeres buenas y la danza, la musica, volverían a su viejo Pueblo. ¡Sí,, lo sabía! María sabía que Marcos, con esas manos que hoy tienen grietas, un día fueron hábiles buscando sonidos en la vieja armónica. Su cuerpo también lo sabia. ¡Por eso el amor, por eso!

María, feliz con su nuevo hallazgo, lo escondió entre sus faldas y el delantal a modo de envoltorio. Puso el mejor pan, el más redondo, el mas sabroso y lo ofreció al nuevo amigo. Cantalicio, agradeció en silencio. Lo tomó en sus manos y lo guardó entres sus cosas.

Maria nuevamente ofreció su segundo regalo. Pero esta ves fue para Marcos quien miró asombrado. No había visto su vieja armónica desde que un día le entregó a María, para que la guarde con ella. Y supo enseguida lo que María quería.

Tomó la armónica entre sus manos. La miró de un lado, después por el otro y asi, suavemente la llevó a sus labios. Y una música nueva nació en ese sitio. Ya no eran palomas, gorriones ni calandrias trayendo sonidos salvajes, rompiendo las siestas. Era algo nuevo, musica distinta, armonias nuevas, sonido de otros lares!

Y así, María, feliz como siempre, se quitó el pañuelo. Sacudió su pelo. Extendió sus brazos y sus pies desnudos bailaron la danza de Marcos.

Era un regalo que le brindaban a su nuevo amigo. Era lo único hermoso que los dos trajeron de la vieja Europa. Y era para el viejo anciano, el de la barba blanca: Cantalicio Sosa!

Cantalicio, escondió unas lágrimas que tenía guardadas para las grandes ocaciones. Conocedor del cielo, miró hacia arriba y murmuró entre dientes:

- "Pucha, gauchitos los "rusos". Lástima la lluvia, que sino me quedo"

Tomó las riendas de su viejo zaino, montó en un salto y con su rebenque amagó un saludo bajo el sombrero ocultando el rostro. Y esas viejas lagrimas que estaban guardadas, salieron a flote. Igual que la lluvia. Y así, al paso lento de su fiel caballo, se perdió en silencio, entre gotas gordas que llegaron justo para engordar el trigo de María y Marcos!

Y así abrazados, juntos miraron el cielo. Le dieron las gracias al Dios de esta tierra, por darle esperanzas. Por darle alegrías. Y se fueron juntos. Así, abrazados con la lluvia a cuesta mojando sus cuerpos. Miraron el campo. Ya no estaba el gorrión salvaje, ladron de semillas. Todo era perfecto. Ua mirada complice, un beso, un te quiero. Había llegado el momento del amor y de los hijos. Aquí, justito aquí en la nueva tierra..!!

Un fuerte abrazo.. desde Barcelona..!!

Ernesto!!

 

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