Introduccion
La mañana no era tan clara. David irrumpía la tranquilidad de las calles, raudo en su auto. El hospital se acercaba, incesante.
Había pasado la espera.¿Habría mucho para decir? ¿Qué contar? Las palabras, la mayoría de las veces sobran. Los sentimientos, en cambio faltan. Este no era el caso. Existía en él una gran cuota de sensibilidad. Y es que nadie podría haber soportado la triste realidad de los últimos tres años.
La radio estaba apagada, las personas esperaban cruzar la esquina. Él vigilaba el cambio de colores del semáforo. El auto, condenado a sus antojos, frenaba y corría.
Diana, sobre la cama blanca de cables, había despertado de más de tres años de sueño.
Capitulo I
-Hemos llegado!- le dijo señalando la puerta, ahora pintada de blanco.
-David...La puerta no era azul?
He aquí el primer choque. Casi nada de lo que había conocido ella, se mantenía en pie. ¿Cómo explicarle que fueron años? ¿Narrarle el choque? Los cambios estaban a la orden del día.
Bastaba apretar un botón para que la cerradura deje de ser inviolable. Otro para encender las luces. Y un tercero para dejar entrar al perro.
La confusión era inmensa. No podía recordar mucho. Y lo poco que le volvía a la mente, estaba desactualizado.
Deambulaba por los rincones, atravesó el living, lavó sus manos en la pileta. Encontró el espejo, pero no su reflejo.
Imprevistamente, ira y dolor se mezclaron sobre sus cejas. Estalló un llanto desgarrador.
Comenzó a llover.
David no podía reaccionar. Nadie esta preparado para semajante momento. La idea de saber que moriremos es tremenda. La de renacer es mucho peor. Existen sueños cortos y largos. La duración la percibimos nosotros. Ella, había dormitado tres años. Él, buscaba la forma de explicarle la desesperación que había sentido día tras día, que estuvo solo, cómo conoció a Marta, su apoyo, el casamiento.
Un relampago estremeció las aberturas. La casa, indefensa, se sometía a la tormenta.
Capitulo II
No podía abrazarla para evitar confusiones.
Tres figuras desdibujaron el cielo. Tres implacables rayos quemaron el horizonte. En tres fulgurantes segundos, con líneas triplicadas.
Tarde de puños nerviosos. Diana, ahogada en tristeza no vislumbraba salida.
Las pupilas empañadas cubrían el espejo. Pero no podían contra los fulgores, que lograban atravesar su mirada débil.
El hielo del momento era insoportable.
Diana se desmayó.
David, inerte, sobrecargado de miedos, no parpadeaba. Hacía frío en aquella habitación.
Las baldosas a cada instante se ensanchaban. Nunca estuvieron tan distanciados. Ni siquiera en las épocas del hospital.
El ruido del viento, rellenaba sus cuerpos. Los vidrios parecían ceder a los soplidos de la naturaleza.
Ambos yacían en un mundo imperfecto. Varados en un destino cada vez más confuso.
Él se abalanzó sobre ella. La acarició. La fiebre del malestar inundaba el rostro.
Diana tomó su mano. Estaban tibias. Acercó sus labios. Pudo besarlas. David sintió el amor que ella dejaba ceder. Eso siempre lo había enamorado.
Era complejo saber qué es bueno. Salvar una vida, aún derrumbando otra, o no.
Los cambios del universo son decisiones. El mundo se resume a eso. Aún cuando suponemos estar bien: decidimos. Seguramente, en busca de un estado mejor. Lo desconocido parece más bueno. Muy pocas veces valoramos qué tenemos. David había pasado por eso. Marta irrumpió en un momento en el que necesitaba apoyo.Y él había quedado endeudado. Son esos préstamos de por vida. A pesar de que ya hemos pagado, continuamos devolviendo. Nadie sabe por qué. El amor, parecería ser una buena respuesta. Cuando falta, tratamos de darlo.
Lo besó. La besó.
Capítulo III
Tres golpes en la puerta resquebrajaron el momento.
El llanto y la tormenta nacen de lo mismo. De la humedad del enojo. Pero se disuelven de formas muy diferentes.
Tres vidas encontradas. Vientos de cambios sobre la casona. Brilló un espadazo eléctrico, cortó la noche y penetró por la abertura de la puerta. Apareció Marta.
Observaba la escena. Ella vivía del teatro. Fantasías dibujadas por hombres. No podía creerlo. Estaba protagonizando la obra más triste, pero a la vez romántica.
La razón no es muy fuerte, el alma sí. La vida de Marta se completó con David. Diana era todo para él. Círculos de sentimientos poderosos, alrededor de la locura. ¿Quién ama sin estar loco?
Quedarse. Luchar por David.
Rodeó el picaporte con su mano. Pujó su ira contra el metal.
Rabia. Espanto. Dolor...
Ellos, no la vieron cuando cerró la puerta.
El cielo quebró en relámpagos. Dos se cruzaron muy fuertes irrumpiendo en una luz preciosa. Un tercero, lejos, alcanzó a iluminar su cárcel de lluvia.
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