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Vacaciones en Moises Ville
Mario Kamenetzky

 

La proximidad del campo.

El canto y el silbido de los pájaros.

El murmullo coloquial

entre trigo, alfalfa, y árbol.

Las viejas casonas.

La cocina donde siempre había

leños ardientes,

arenques y aceitunas importadas,

manteca recién batida,

pepinos flotando en grandes frascos.

Los dormitorios

con los viejos relojes de los abuelos,

que daban las horas y las medias horas,

cuando aun no había insomnio

para marcarlas.

La humilde construcción

en el fondo,

donde éramos es-cusados

de estar mano a mano

con nuestras partes sucias,

y donde el niño ciudadano,

siempre tenía miedo

de caerse al pozo,

que porque era ciego,

no podía ver

lo que hacíamos con nuestras manos.

El milagro de la bomba

y el misterio del linyera

que, por unas pocas monedas,

llenaba el tanque

que daba agua a la cocina diaria,

y los baños limitados.

Los Ford a bigote,

que cuando las hormonas

empezaban a hacer crecer los nuestros,

puestos en alguna linea,

entre dos trigales,

servían de limpios y gratuitos amueblados.

La plaza.

Torneo de habilidad

para mascar girasoles,

sin tragar la cáscara.

Las niñas exhibiendo

sus nuevas formaciones,

esperando el piropo

que les diera colores.

Los viejos soñando,

yo no sé,

si con tiempos pasados,

o con tiempos mejores.

Y el día aquel

en que una muy bonita,

perdió su trapito colorado,

porque el Velcro aun no se había inventado

Las primas. Ah, las primas!

Que hermosos terrenos vírgenes

para exploraciones

que eran puros descubrimientos,

sin conquistas, ni colonizaciones.

Aquella que nos dio el primer beso

de su boca aun núbil.

Aquella que venía cada noche

a mimarnos con masajes,

que se limitaban a la espalda,

porque boca abajo

no se ven erecciones.

Y aquella que estudiaba música e idiomas

que luego le sirvieron

para arrastrar su soledad

por el mundo.

La Kadima y el café de al lado.

Pantalla donde se reflejaba el Hollywood lejano,

y escenarios donde se actuaba

y se observaba la vida cercana.

Los últimos precios del mercado de Liniers.

Recientes aventuras, contiendas, y pecadillos.

Enfermedades de los pastos.

Fertilidad de las vacas.

Y el aburrimiento compartido de las cartas.

La galería de personajes.

El hacendado rico

que tenía la mejor casa

y para quien los ingleses

hacían parar los trenes rápidos

en la estación cercana,

por donde de costumbre

pasaban como ráfagas.

La madrastra pasa-de-uva,

que en su desesperación,

allí en la lejana Polonia,

quiso deshacerse de un hijastro

que ahora la visita entendiendo,

pero no perdonando, ni olvidando.

El médico, a quién la Universidad

le levantó la nariz,

le abrió la puerta del banco,

y le entregó el custodiado tesoro

de la hija adolescente

del respetado gerente.

La Mútua Agrícola.

El espíritu de cooperación

de las enseñanzas viejas

y las necesidades nuevas.

Las semillas y los arneses,

los arados y los molinos

sin intermediarios.

El mate, la yerba, y la bombilla

para los que se acriollaron.

Los candelabros

para las creencias y los rituales.

Las telas y los bordados

para las niñas pizpiretas.

Los hilos y las agujas

para las madres inquietas.

Los sombreros de paja,

y los pantalones con tiradores

para los muchachos del campo.

El azúcar para los dulces,

el aceite para las ensaladas,

la harina para las tortas,

y la Sal de Eno

para post-prandiales embarazos.

La sinagoga y el cementerio.

No los recuerdo.

Mi padre socialista no me llevaba a ellos.

Los rabinos y las tumbas me daban miedo.

Había tanto de obscuro y lacrimoso en todo eso.

Y había tanto sol, tanta alegría

en la plaza y en los campos,

en las chicas y los pájaros.

Mis primas, mis primos,

mis amigas, mis amigos,

tampoco iban.

Con las hormonas circulando a torrentes,

esos lugares los sentíamos

como recintos

de los viejos y los muertos.

Los muertos en vida,

cuyas almas no conocían,

y quizás nunca conocieron,

ni a Ágape, ni a Eros.

Los muertos de verdad,

a quienes el espíritu

había desertado sus cuerpos.

Algunos aceptaban pasar

por los ritos de pubertad.

Otros nos reíamos también de ellos,

sintiendo que eran mas

una iniciación a la represión,

que una iniciación a la realidad

de la vida adolescente,

como lo quisieron

los viejos sabios maestros.

Los varones, ya teníamos bastante

con haber sido forzados,

antes de que nuestra conciencia

cobrara forma,

a ofrendar un trocito

de la carne mas sensible de nuestro cuerpo

Las vacaciones en Moisés Ville

embrollaban la trama

que en mi mente tejían

una ciencia todavía no interpretada

en la profundidad de su espiritual origen,

un organismo que por recién brotar a la vida

se confundía en sus ambigüedades y contrastes,

y una comunidad que,

por exceso de respeto al Libro y las leyes,

y por dolorosas experiencias pasadas,

no podía amar y gozar sin temer.

Durante mis vacaciones en Moisés Ville,

di los primeros pasos

en el largo y nunca acabado camino

por el que me lancé

a buscar el espíritu

en el bullicio del mundo,

el caos de la naturaleza,

y el fuego de silenciosas chispas

de las bibliotecas.

Desde entonces me fui alejando

de mis dos clanes.

El de mi padre,

al que sigo llevando

grabado en mi nombre

como si fuera en la piedra,

que denota el Kamen.

El de mi madre,

que sigue alimentando

al crítico y al soñador,

que connota el Novi.

Dejé la villa de Moisés

para sumergirme en la humanidad

de todos los dioses

y todos los inspirados,

de todos los diablos

y todos los desesperados.

Y nunca mas volví a tener

vacaciones en Moisés Ville.

 

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