La proximidad del campo.
El canto y el silbido de los pájaros.
El murmullo coloquial
entre trigo, alfalfa, y árbol.
Las viejas casonas.
La cocina donde siempre había
leños ardientes,
arenques y aceitunas importadas,
manteca recién batida,
pepinos flotando en grandes frascos.
Los dormitorios
con los viejos relojes de los abuelos,
que daban las horas y las medias horas,
cuando aun no había insomnio
para marcarlas.
La humilde construcción
en el fondo,
donde éramos es-cusados
de estar mano a mano
con nuestras partes sucias,
y donde el niño ciudadano,
siempre tenía miedo
de caerse al pozo,
que porque era ciego,
no podía ver
lo que hacíamos con nuestras manos.
El milagro de la bomba
y el misterio del linyera
que, por unas pocas monedas,
llenaba el tanque
que daba agua a la cocina diaria,
y los baños limitados.
Los Ford a bigote,
que cuando las hormonas
empezaban a hacer crecer los nuestros,
puestos en alguna linea,
entre dos trigales,
servían de limpios y gratuitos amueblados.
La plaza.
Torneo de habilidad
para mascar girasoles,
sin tragar la cáscara.
Las niñas exhibiendo
sus nuevas formaciones,
esperando el piropo
que les diera colores.
Los viejos soñando,
yo no sé,
si con tiempos pasados,
o con tiempos mejores.
Y el día aquel
en que una muy bonita,
perdió su trapito colorado,
porque el Velcro aun no se había inventado
Las primas. Ah, las primas!
Que hermosos terrenos vírgenes
para exploraciones
que eran puros descubrimientos,
sin conquistas, ni colonizaciones.
Aquella que nos dio el primer beso
de su boca aun núbil.
Aquella que venía cada noche
a mimarnos con masajes,
que se limitaban a la espalda,
porque boca abajo
no se ven erecciones.
Y aquella que estudiaba música e idiomas
que luego le sirvieron
para arrastrar su soledad
por el mundo.
La Kadima y el café de al lado.
Pantalla donde se reflejaba el Hollywood lejano,
y escenarios donde se actuaba
y se observaba la vida cercana.
Los últimos precios del mercado de Liniers.
Recientes aventuras, contiendas, y pecadillos.
Enfermedades de los pastos.
Fertilidad de las vacas.
Y el aburrimiento compartido de las cartas.
La galería de personajes.
El hacendado rico
que tenía la mejor casa
y para quien los ingleses
hacían parar los trenes rápidos
en la estación cercana,
por donde de costumbre
pasaban como ráfagas.
La madrastra pasa-de-uva,
que en su desesperación,
allí en la lejana Polonia,
quiso deshacerse de un hijastro
que ahora la visita entendiendo,
pero no perdonando, ni olvidando.
El médico, a quién la Universidad
le levantó la nariz,
le abrió la puerta del banco,
y le entregó el custodiado tesoro
de la hija adolescente
del respetado gerente.
La Mútua Agrícola.
El espíritu de cooperación
de las enseñanzas viejas
y las necesidades nuevas.
Las semillas y los arneses,
los arados y los molinos
sin intermediarios.
El mate, la yerba, y la bombilla
para los que se acriollaron.
Los candelabros
para las creencias y los rituales.
Las telas y los bordados
para las niñas pizpiretas.
Los hilos y las agujas
para las madres inquietas.
Los sombreros de paja,
y los pantalones con tiradores
para los muchachos del campo.
El azúcar para los dulces,
el aceite para las ensaladas,
la harina para las tortas,
y la Sal de Eno
para post-prandiales embarazos.
La sinagoga y el cementerio.
No los recuerdo.
Mi padre socialista no me llevaba a ellos.
Los rabinos y las tumbas me daban miedo.
Había tanto de obscuro y lacrimoso en todo eso.
Y había tanto sol, tanta alegría
en la plaza y en los campos,
en las chicas y los pájaros.
Mis primas, mis primos,
mis amigas, mis amigos,
tampoco iban.
Con las hormonas circulando a torrentes,
esos lugares los sentíamos
como recintos
de los viejos y los muertos.
Los muertos en vida,
cuyas almas no conocían,
y quizás nunca conocieron,
ni a Ágape, ni a Eros.
Los muertos de verdad,
a quienes el espíritu
había desertado sus cuerpos.
Algunos aceptaban pasar
por los ritos de pubertad.
Otros nos reíamos también de ellos,
sintiendo que eran mas
una iniciación a la represión,
que una iniciación a la realidad
de la vida adolescente,
como lo quisieron
los viejos sabios maestros.
Los varones, ya teníamos bastante
con haber sido forzados,
antes de que nuestra conciencia
cobrara forma,
a ofrendar un trocito
de la carne mas sensible de nuestro cuerpo
Las vacaciones en Moisés Ville
embrollaban la trama
que en mi mente tejían
una ciencia todavía no interpretada
en la profundidad de su espiritual origen,
un organismo que por recién brotar a la vida
se confundía en sus ambigüedades y contrastes,
y una comunidad que,
por exceso de respeto al Libro y las leyes,
y por dolorosas experiencias pasadas,
no podía amar y gozar sin temer.
Durante mis vacaciones en Moisés Ville,
di los primeros pasos
en el largo y nunca acabado camino
por el que me lancé
a buscar el espíritu
en el bullicio del mundo,
el caos de la naturaleza,
y el fuego de silenciosas chispas
de las bibliotecas.
Desde entonces me fui alejando
de mis dos clanes.
El de mi padre,
al que sigo llevando
grabado en mi nombre
como si fuera en la piedra,
que denota el Kamen.
El de mi madre,
que sigue alimentando
al crítico y al soñador,
que connota el Novi.
Dejé la villa de Moisés
para sumergirme en la humanidad
de todos los dioses
y todos los inspirados,
de todos los diablos
y todos los desesperados.
Y nunca mas volví a tener
vacaciones en Moisés Ville.
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