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Felipe Fistemberg Adler

y su segundo libro

"Cascando mirasoles"

El libro

Prologo por Moshé Korin, Director del Depto. de Cultura de AMIA

El recuerdo modula la velocidad del transcurrir del tiempo. Si el tiempo, escurridizo y veloz, no se detiene, el alma humana posee la facultad de lograrlo al menos por instantes. Suele ocurrir que nuestra mente nos ofrece una pausa en el presente. Por momentos vira hacia el futuro e imagina, por otros, nos otorga el sabor de rememorar lo pasado, el tiempo actual se silencia y somos llevados por las huellas de lo vivido que retorna para conducirnos a los tiempos del ayer.

El recuerdo difiere de lo acaecido tanto por su esencia como por su función. Su esencia se constituye de las marcas subjetivas donde la emoción prepondera por sobre los hechos ocurridos. Su función es el eslabonamiento del tiempo, el engarce que da continuidad a nuestra vida.

Pero cuando el recuerdo se torna no sólo palabra escrita, sino además libro publicado, el recuerdo deviene memoria, si entendemos por ésta el relato dedicado a un otro.

Tal es el sentido que ha guiado la mano de Felipe Fistemberg Adler al escribir las páginas que siguen. Sentido que es reflejado en sus palabras preliminares que nos dan la bienvenida a esta travesía por la memoria:

"El vertiginoso crecimiento moderno ha cubierto con un espeso manto de olvido las creaciones de nuestros antepasados, convirtiendo a las otrora efervescentes colonias y shtetlaj en gigantescos museos, que el implacable tiempo enmohece y lentamente destruye".

"Cascando mirasoles" es precisamente una pausa en aquel discurrir del vértigo moderno. Una pausa que opone a los edificios y objetos que se exhiben hoy como símbolo de ataño, la vida de la que formaron parte.

En los museos, con sus visitas guiadas, se podrán escuchar los hechos ocurridos, tal vez también alguna anécdota, pero inevitable es que ese recorrer sea un mirar externo. Diferente es aquello que el lector tiene entre sus manos. Aquí estamos frente a vívidos relatos cargados de humor y dolor, en otras palabras, de la emotividad de aquellos hombres y mujeres sencillos y cotidianos que construyeron la vida de las colonias; aquellos tal vez hoy anónimos, pero que aquí vuelven a tener nombre.

 

De la memoria de los propios pasos a la memoria de los habitantes del Shtetl

Felipe Fistemberg Adler (Libro Recuerdos de un pibe pueblerino)Felipe Fistemberg Adler nació en Moisés Ville. No es éste el primer libro en el cual emprende la tarea de retornar al pasado para ofrecérnoslo: el anterior, "Moisés Ville. Recuerdos de un pibe pueblerino" nos ha llevado a aquellas tierras y tiempos que ahora nos parecen tan lejanas y que la pluma de Felipe logra acercarnos.

En el final de aquél, su primer libro, podemos quizás encontrar el inicio del que hoy nos convoca. Sus pasos han andado por diversos sitios, pero regresan a la preciada tierra original: Moisés Ville.

Corría el año 1989, era el centenario de la primera colonia judía, Felipe como tantos, regresa a su pueblo natal y en aquel regresar observa dolorido el paso del tiempo. Así lo expresó aquella vez:

"Recuerdos de una vida intensa, pero ahora vacíos. Sinagogas cerradas y a punto de derrumbarse, bibliotecas atestadas de libros sin desempolvar. Viviendas ahora deshabitadas. Los que fueron bulliciosos negocios venidos a menos."

Podríamos afirmar sin temor a equivocarnos, que de la honda impresión de aquel encuentro con el presente marchito de Moisés Ville ha nacido la simiente para el encuentro con los recuerdos del vivir de otrora en las colonias. "Cascando girasoles" se nos muestra entonces como fruto de aquel sentir, como el modo de revertir aquel vacío. En él, lo autobiográfico del primer volumen, pierde su peso como crónica de la propia vida para dar lugar a la intensidad de quienes vivieron antaño. Es por ello que prima el relato en tercera persona, a diferencia de su anterior libro, ya que aquello que aquí se forja es un reservorio de la memoria de los habitantes de las colonias.

Las sinagogas y las bibliotecas se abren, los negocios vuelven al bullicio: las viviendas y la vida en el Shtetl vuelven a habitarse.

Un narrador de historias

Hace cuarenta años que conozco a Felipe. Nos hemos acercado al inicio a través de amigos en común, luego la cercanía fue propiciada por el deleite de charlas compartidas donde intercambiábamos anécdotas sobre nuestra labor de maestros, y los dos últimos años nos encontramos periódicamente ya que él es un distinguido disertante del Departamento de Cultura de AMIA, el cual tengo la grata satisfacción de dirigir.

Ya no ejercía la docencia, sus días se abocaban plenamente al Keren Hayesod -Campaña Unida Judeo Argentina- y a ser Mohel. Sin embargo, sus memorias de las lejanas épocas afloraban de su boca de un modo tan cautivante que las "presentificaba" a quien las escuchara. Y debo decir, después del grato placer de leerlo, que su ameno estilo de narrador no sólo se manifiesta en el terreno de lo oral, sino que se traduce también en sus relatos escritos. El decir de Felipe posee la combinación de la potencia de la sencillez, la expresividad de lo emotivo, sumados a remates finales que roban una amplia sonrisa, cuando no una carcajada. En pocas palabras: Felipe es un exquisito contador de historias.

 

"Cascando mirasoles"

Con este estilo que le es propio, hace revivir en estas páginas a quienes formaron parte del mundo de las colonias. Nos hace recordar que aquéllas no eran un mero paraje por el cual transitaron algunos seres, sino que quienes cargados con sueños, dolores, pero también con el infaltable humor, llegaron a las jóvenes colonias, conformaron un modo singular de vivir, construyeron un mundo que hoy permanece silencioso en los museos, pero que en estos relatos vuelve a tener voz. Una voz que como no podría ser de otro modo, habla tanto en ídish, como en castellano y lunfardo, así como también en el característico "cocoliche".

La Shadtjnte (casamentera) en su fallido intento de cumplir su función, Iosele que en su cocoliche canta "tengo una vaca lechera", Sonia "la partera" quien recibió a Felipe a este mundo y que al morir, por no encontrarse documentos con su apellido, siguió siendo en su lápida "Sonia la partera" - quizá porque el destino quiso que su labor en la colonia la marcara por la eternidad -, el talabartero Kurnoff y los avatares de sus infidelidades, Lorenzo Poggio, el goy (no judío) que hablaba ídish mejor que muchos paisanos, y tantos otros son los habitantes del ayer y protagonistas de estos breves relatos costumbristas hechos con la espesura de lo cotidiano.

De su anterior libro el autor afirmó que no era una obra literaria, sino el ejercicio de su memoria. A diferencia de aquél, el presente se nos ofrece más bien como un ramillete de memorias labrado con historias plenas de afecto, otro tanto de humor y algo de inevitable dolor.

Hemos dicho al inicio de estas palabras, que el recuerdo deviene memoria al convertirse en relato dedicado a un otro, indudable es que la memoria es la senda que recorre este libro, pero el acto completo de ella se sellará con el lector a quien está dedicado el rememorar, aquel que tomado de la mano del autor, será llevado a conocer cómo era la vida en aquel tiempo. Entonces, una vez recorrido el libro, la memoria habrá cumplido su función: se habrá hecho la pausa que eslabona los diversos momentos del inaprensible devenir temporal, se habrá logrado el engarce y continuidad de la historia, que es nuestra historia.

 

Cómo conseguir el libro?

 

El libro aún no ha salido a la venta. Se presentará durante el mes de mayo.

 

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